Ainhoa Gonçalves
“¿Para qué estar?”
(Pausa larga. Mira delante, con la mirada perdida. Habla con voz suave, casi como un susurro, que se hace fuerte mientras avanza.)
A los once años… A los once años ya no quería vivir. Recuerdo esa sensación tan vacía, tan cruda. Decírselo al personal médico fue casi un susurro desesperado: «¿Para qué estar? Qué pereza vivir». Una niña. Una niña que ya se sentía tan cansada del mundo, tan desgastada por la vida, que quería desaparecer. No morir, exactamente. Solo… dejar de existir.
Desde pequeña he estado rodeada de violencia. Mi casa era un campo de peleas constantes. Mi padre bebía y mi madre, mi pobre madre, era su saco de boxeo. Yo veía todo desde la esquina, pequeña, inútil, incapaz de hacer nada para cambiar las cosas. Y mientras ella recibía los golpes, yo recibía las palabras. Palabras que dolían igual o más. “Eres la peor hija que tengo”, me dijo un día. Y yo, tan inocente, lo creí. Me lo creí de corazón. No entendía que hablaba su dolor, no el amor que sentía por mí. Para mí, esas palabras eran la verdad absoluta.
(Silencio breve. Se pasa una mano por la cara, como queriendo borrar recuerdos.)
A los nueve años ya pensaba en cómo acabar conmigo. A veces me sentaba al lado de la ventana de mi habitación, mirando hacia afuera, esperando… No sé qué esperaba exactamente. Quizá el valor para saltar. Quizá un milagro. Solo sé que me sentía insuficiente, rota, una carga.
Y como si no fuera suficiente con lo que vivía en casa, mi inocencia también me fue arrebatada. Mis primos, los mismos con los que debería haber jugado y reído, me rompieron de una forma que no tiene perdón. Tenía cuatro años, tal vez cinco. ¿Qué sabía yo del mundo? Nada. Ellos se encargaron de que lo que aprendiera fuera injusto, cruel, insoportable. Crecí con un trauma que no podía entender. ¿Cómo puedes aprender a vivir si tu infancia está marcada por el abuso y el dolor?
(Pausa. Su voz cambia, ahora hay un tono de rabia, pero controlada.)
Y luego llegó el colegio. El lugar donde se supone que encuentras amigos, apoyo. Pero no. Para mí fue solo otro infierno. Bullying, lo llaman. En ese momento yo lo llamaba “sobrevivir otro día”. Me veía rodeada de gente mala, de gente que parecía disfrutar “aplastándome” . Mi autoestima ya era inexistente, y aquello solo la hacía desaparecer más rápido.
Sin embargo… sobreviví. De alguna manera, sobreviví. En mi adolescencia, mis amigos me salvaron. No lo sabían, pero lo hicieron. Me sacaban de casa, me hacían reír, me distraían. Paseábamos, íbamos a la piscina.. Eran pequeños momentos de paz en medio de la tormenta que era mi vida. Gracias a ellos, fui capaz de dejar atrás esos pensamientos oscuros, aunque nunca se fueron del todo.
(Se pone recta ligeramente, la voz adquiere un tono de esperanza.)
Con el tiempo, estudié, me gradué en la universidad, encontré un trabajo estable. En apariencia, todo iba bien. Pero las cicatrices no desaparecen tan fácilmente. La estabilidad laboral no es lo mismo que la estabilidad emocional. Y entonces, hace dos años, llegó mi hijo. Mi pequeño. Mi luz. Por él, empecé a ir a terapia. Porque sabía que no podía seguir así. Porque no quería que él sintiera las inseguridades que yo sentí de niña. No quería que alguna vez dudara de su propio valor, como yo lo hice.
La terapia me cambió. No fue fácil, no es fácil. Es abrirte y enfrentarte a todos esos monstruos que has estado escondiendo bajo la manta durante años. Pero lo hice. Por él, por mí. Quiero que mi hijo crezca rodeado de amor, no de miedos. Quiero enseñarle lo que significa amar y ser amado, sin miedos, sin barreras.
(Pausa)
Hoy practico el perdón. Con mis padres, porque entiendo que ellos también eran víctimas de sus propias heridas. Conmigo misma, porque merezco paz. He decidido alejarme de quienes me hicieron daño. No los odio, pero tampoco les doy espacio en mi vida. Trabajo cada día para amarme más, para enamorarme de quien soy. De quien fui, a pesar de todo. Porque sobreviví. Y porque, aunque a veces todavía siento miedo, brillo. Brillo con todo lo que soy, con todo lo que siento.
(Suspiro profundo. Mira al público, como queriendo conectar con cada persona.)
Si alguna vez te has sentido como yo, si te has preguntado “¿para qué estoy aquí?”, quiero decirte algo: no estás sola. No estás loco ni tarado. Eres fuerte. Eres valiente. Y tienes una capacidad increíble para sentir, para amar, para brillar.
Hoy, cuando miro a mi hijo, sé que vale la pena. Sé que yo valgo la pena. Y tú también.
